Sus cadenas montañosas, adosadas materialmente a la sierra volcánica del Chichinautzin, son un lugar que invita a la contemplación. El cerro del Tepozteco es la más imponente y especial de sus formaciones, producto de la actividad volcánica que tuvo lugar hace milenios. Su profunda erosión y sus vertiginosos desniveles, así como sus enormes bloques geométricos, resultan aún un misterio para investigadores y científicos.
Pero además de estas excentricidades topográficas —y quizás por ellas—, el Tepozteco fue antiguamente un santuario de suma importancia para los antiguos xochimilcas, e incluso para peregrinos que llegaban desde Guatemala a este recinto. Por ello, en su cima se erigieron importantes templos al dios Tepoztécatl, quien, según uno de los mitos mesoamericanos, fue uno de los 400 hijos que tuvieron Mayahuel y Pentécatl. Una era la diosa del maguey; el otro —su pareja perfecta—, fue la deidad que descubrió cómo fermentar el aguamiel para obtener pulque.
Esta aura divina que rodea a Tepoztlán, sumado a su clima, vegetación —como el bello maguey— y una extasiante fauna, son lo que lo convierten en un paraje entre misterioso y etéreo, coronado de vertiginosas nubes de formas inesperadas que completan el paisaje. Todo esto compone a un territorio que bien podría corresponder a algún mundo fantástico, habitado, además, por gente aguerrida que ama y defiende a sus valles y montañas sagradas.
No se puede pedir nada más. Tepoztlán es un edén en la tierra, como estas imágenes lo comprueban.








